No tocamos la tierra

Al vivir en ciudades y trabajar con el intelecto, necesitamos las manos para tocar teclados y pantallas y no nos queda tiempo para tocar, oler, rascar la tierra.

Los que estamos cerca de la costa en alguna ocasión jugamos con la arena de la playa, pero no me refiero a esa arena, sino al sentimiento de mancharte las manos con la tierra, respirarla, mancharte, sentirte parte de ella.

El anuncio de la celebración del tricentenario de Catalunya (1714-2014), épico y heroico, muestra nuestra tierra, unas manos cogen un puñado de ella y la acarician.

El anuncio recupera así los tópicos y apela poéticamente al patriotismo del espectador. Cumple perfectamente con su cometido y no niego que, personalmente, el anuncio me ha gustado.

Pero me ha hecho reflexionar sobre lo alejados que están quienes quieren decidir el futuro de nuestro/s país/es, precisamente, de esa tierra.

La tierra que queremos solo para nosotros no nos puede dar todo lo que necesitamos para vivir. La tierra a la que queremos limitar con un documento de identidad propio necesita de cerebros foráneos que nos alimenten con ideas y aptitudes, con puntos de vista diferentes. Y porque no decirlo, que nos alimenten con sus inversiones y capital.

Pero no tocamos tierra. Nuestros representantes políticos, legítimos sí, pero no compartidos, prefieren hablar de fronteras, de “esto es mío” o “tú no tienes derecho a opinar”, antes que bajar de sus tribunas y tocar suelo. Ninguno se está manchando las manos de tierra, porque si lo hicieran verían que la realidad de la calle, de los pueblos, es otra.

Hay tal hartazgo que uno prefiere aislarse, no salir de casa y que le dejen en paz. Y sumarse, sin apenas reflexionar, a lo maravilloso que sería ser independiente del brazo opresor. La Historia ayuda tanto a unos como a otros en sus convicciones y todos afirman con la boca llena de orgullo que el pasado y el futuro les avalan en sus propuestas.

Qué cansino, de verdad. Mientras todos ellos se discuten sin hablar, la tierra sigue olvidada. Los recursos, propios y ajenos, expoliados y malgastados a expensas de una herencia recibida de la que poco dejaremos para nuestros hijos (y no digo nietos porque a este paso nuestros hijos, si no emigran, no podrán permitirse ser padres en esta tierra).

Queridos todos, ¿podrían por favor parad, reflexionar de verdad y darnos una hoja de ruta de cómo vamos a “tocar de peus a terra”? Y no me vengan con proyectos electorales, que de esos lleno está el juzgado.

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